Todos contra todos y cada uno contra sí mismo

La Agenda de Buenos Aires publicó, el 23 de abril pasado, un adelanto exclusivo de “Todos contra todos y cada uno contra sí mismo”, la novela por la que Bob Chow resultó ganador del premio de novela que organizamos junto con La Bestia Equilátera. Por acá pueden leer el fragmento, que cuenta con una gran ilustración de Esteban Serrano.

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Ilustración: Esteban Serrano

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En Samaipata, la salida del sol es solo presagio de lluvia. Las tormentas de verano provocan derrumbes en los caminos y hacen que el valle se cierre como una gran planta carnívora. En esas horas de húmeda claustrofobia, los turistas llegan a creer que lo perderán todo: sus vuelos, sus conexiones, sus familias y hasta la vida misma que llevaban antes de emprender el viaje.

En Uma Ñusta, el restaurante que da a la plaza del pueblo, una mujer de llamativa belleza repliega las piernas sobre la silla e intenta bajar sus correos a la sombra de árboles ancestrales. Lleva unos pantalones blancos inexplicablemente limpios y varias picaduras rojas a la altura de los tobillos. Sus ropas podrían ser lo único estrictamente blanco en ese radio de calles lánguidas y arcillosas. Se asume entonces que la extranjera es una modelo que visita el pueblo para hacer una sesión de fotos folklóricas, cuando en verdad, la Dra. Cordelia Krause es una bióloga freelance originaria de Dresde, Alemania, y está instalada en Samaipata desde hace más de seis meses.

Un hombre y algunos perros se acercan a pedir comida. Cordelia, con clase y modales exquisitos —es alguien que ha encontrado su estilo, como dicen los peluqueros— divide su plato de tapioca y entrega la mitad a los hambrientos. Si su belleza es arrogante, irreverente, su generosidad puede resultar espontánea e ingenua. Al costado de la mesa, reposan un manojo de hierbas, una laberíntica novela de Perec en francés, una farmacopea, un diccionario de griego antiguo. Todo transcurre sin la menor desesperación, casi en silencio, entre paredes de colores anémicos. Cordelia da pequeños sorbos al tazón de sopa, con una espinaca que no podrá encontrar en su Alemania natal. Los fértiles suelos del valle solo pueden dar productos nobles y podría llamar la atención por qué, en medio de tanta naturaleza pródiga, los nativos son de baja estatura, o por qué el tapir amazónico no es un rinoceronte, o qué impidió que el jaguar evolucionara a tigre. Como bióloga, Cordelia tiene buena conciencia de que las selvas sudamericanas lucieron otrora tigres de diente de sable y descomunales formas de megafauna. Aquellos animales se extinguieron pero el ecosistema con más biodiversidad del mundo sigue singularmente vivo en Bolivia, donde el místico chaco y la insondable jungla generan en los visitantes una veneración cercana al terror.

Las inmanentes nubes abren los cielos dejando pasar la tenue luz de unas estrellas tropicales. Cada vez que Cordelia Krause logra bajar un mail en la calma de Uma Ñusta, teme la nota escueta de su jefe en el Primer Mundo anunciándole que su tarea, seleccionar plantas autóctonas con potencial medicinal, es historia. La gran mayoría de estas prometedoras plantas aún carece de «nombre y apellido» científicos y Cordelia considera que ya ha hecho gran parte del trabajo. Pero así como Samaipata cierra periódicamente sus caminos de lombriz para no dejar escapar a sus habitantes, la bióloga cobija el sentimiento invencible de todavía no querer abandonar el valle. En eso no va ser original. Treinta por ciento de los habitantes de Samaipata son extranjeros, en su mayoría compatriotas alemanes, que dejaron las comodidades de una potencia para pasar sus días bajo el sosiego de magnas montañas y verdes valles.

Lo que ahora se llama Samaipata ha cautivado al hombre desde mucho antes del presente. Hasta donde se puede probar, las primeras víctimas del embrujo fueron los chanés. Más tarde arribaron los incas deseando los mismos sitios magnéticos. Al resignar las tierras al inca, los chanés pasaron a ser sus esclavos. Los belicosos guaraníes recuperarían la «zona de interés» por un tiempo geológico equivalente al aleteo de una mariposa. En el siglo XVI son los conquistadores españoles los que instalan un fuerte en lo alto, exactamente donde los incas ostentaban su enigmático sitio sagrado.

Y ahora llegan los alemanes.

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Cordelia es singularmente hermosa. Su rostro tiene que haber sido tallado por un artista exquisito que buscó, por única vez, hacer justicia al universo visible. Sus muslos parecen medir el doble del promedio regional y sus largos cabellos lacios se escaparon de un cuento de hadas.

Se calcula que un humano está rodeado de por lo menos unos 1.000 a 5.000 objetos. Una inspección de la mochila de Cordelia Krause —que en los viajes ocupa el lugar de la cartera, misteriosa área femenina de acceso restringido— muestra libros, un cuaderno, alcohol en gel, toallitas húmedas, lidocaína en crema, antifungicida, pinzas y pincelitos, papel tisú, blísters de pastillas con los colores del arcoíris, un tubo de crema antihistamínica, un repelente muy eficiente, suero antiofídico, un par de jeringas, una lupa y un lápiz de punta perfectamente afilada.

En el valle de Samaipata es fácil dar a conocer el pronóstico del tiempo. Va a llover. Un poco más, un poco menos, lloverá. La lluvia rebota sobre la arcilla levantando una cortina de polvo aromático y húmedo. Las gotas se encargan de repartir claustrofobia con ritmo de relojería. Cuando llueve furiosamente, el forastero se siente encerrado. Aun así, la anomalía genética llamada Cordelia se aferra al valle con sus delicadas manos y pies de bailarina. Llueve. Los extranjeros sostienen sus móviles como si fueran amuletos venerables. Copan los cafés. Abren libros para leerlos con impaciencia. Escriben notas intempestivas sobre improvisados borradores. Los extranjeros no toleran el paso de los minutos sin hacer «algo concreto» y ante el abismo de la vagancia se cuelgan de sus lapiceras.

Con un auto o una moto, el hombre local puede ganarse la vida rodando los dolorosos caminos de Samaipata. Siempre llueve, nunca deja de haber extranjeros con la palabra taxi escrita en la frente. Hinosencio Choke puede ser un nombre paradójico para un taxista. Al igual que el resto de los nativos es apacible, amable, cuidadoso. Samaipata se diferencia de la vecina Valle Grande en que allí un extranjero no debiera echar anclas por más de un par de semanas. ¡En Valle Grande hasta la ley prohíbe que los extranjeros se establezcan! En Valle Grande mataron al Che Guevara. Y en San Vicente a Butch Cassidy. Supongamos que esas son razones suficientes para esta xenofobia localizada. El Che Guevara, un experto en meterse en problemas, también supo andar por Samaipata y no exactamente como turista. Rebelarse vende pero los campesinos bolivianos que conoció eran tan solo pobres, no explotados.

¡No les llamó la atención el Che Guevara!

Hinosencio conduce con cuidado a través de la niebla sin forma. Bajo una lluvia despiadada, el camino en pendiente se desarma como un terrón de azúcar. El camino se ha vuelto una cascada de montaña. La pendiente implora «¿Quisieran hacer otra cosa los señores?». Por ejemplo, ¿poner un local de venta de amortiguadores? A la altura del Club de Box Evangélico, un galpón abandonado que conoció mejores días, Hinosencio Choke decide probarle a la pasajera que domina el arte del relato.

—¿Alemana? Sobran los alemanes por aquí… Son mayoría entre los extranjeros. Este lugar le gusta mucho a tus compatriotas —arranca Hinosencio, sin dejar de posar los ojos en el camino, pues de lo contrario, podría desaparecer. Pronto agrega: —Los alemanes son trabajadores, educados pero… también son bravos.

¿Qué tan bravos? Las solemnes páginas de la historia nos recuerdan que los viejos bárbaros que invadieron Roma evolucionaron hasta convertirse en una raza de metódicos asesinos. Hinosencio Choke sabe por dónde circulan las ruedas del taxi y también sabe perderse en un monólogo. A Cordelia le toca hacer de público cautivo con pasaporte emitido en Dresde, la ciudad como obra de arte. Fuera, la niebla no deja ver las montañas. El taxi avanza a paso de caracol. Las ruedas giran en falso, una y otra vez, como queriendo cavar hacia el interior de la montaña donde duermen las huellas de dinosaurios y los misterios arqueológicos que odian ser desenterrados. El conductor podría tomar la prudente decisión de volver al punto de partida. Avanza, quizás un poco rudamente. Recostada en el asiento trasero, con la frente contra el vidrio, Cordelia imagina que alguien en el futuro desentierra sus huesos.

La tormenta se vuelve intensa. En Samaipata, lo único que progresa es la lluvia. Lo importante en un taxista es que lleve a su pasajero de un punto a otro, no que cuente historias.

Los alemanes compran todo, emprenden miles de proyectos. Los collas y los aimaras repiten sus viejos rituales y esperan lo que nunca llega. Dice Hinosencio que un viejo teutón se encargó de convertir media colina en bungalós para turistas, que aquí nunca faltan. La última ambición de aquel alemán era vivir de buenas rentas. Pongámosle un nombre a este hombre de unos sesenta años: se llamaba Ralf. Bauticemos a Ralf pues pronto se corrió la voz de que era gay y afecto a hacer fiestas con jovencitos en su finca. Se trata de la fábula en que un europeo de la tercera edad instala su hamaca en el Tercer Mundo por las ventajas cambiarias, impositivas y sexuales. Ralf, Ralf, Ralf. Los chicos pobres entendían el trueque y los no tan pobres aún más. En la selva los organismos anhelan cumplir su ciclo, en los pueblos puede urgir la superación. Arrinconado por el tedio o deseando algún avance social, Edwin Yucra era uno de los jóvenes que frecuentaba la cama del viejo Ralf. Quizás el trato en las sábanas tuviera algo de degradante, insostenible en el largo plazo. ¿Tal vez Edwin no terminaba de aceptar la sodomía como recurso para la autosuperación? No sabemos nada sobre lo que nos rodea, ni tenemos la menor idea dónde está el otro. Por lo pronto, el joven tenía algún conocimiento de informática. El Sr. Ralf, inversor de Alemania, roncaba en su cama king size bajo el emblema de las SS Totenkopf. ¿La calavera de la división más infame de las Waffen SS? En el peor de los casos, para los chicos, esa calavera no se diferenciaba de un tatuaje de Metallica.

 La panza de Herr Ralf se inflaba igual que el buche de un batracio prehistórico. Sus ojos giraban al ritmo del sueño paradójico. Edwin se levantó de ese lecho solo para abrir la computadora del living amplio, pulcro y repugnantemente decorado con cabezas de pecaríes, pájaros embalsamados, caparazones de tortuga, pieles de jaguar, lanzas y escudos. Los animales disecados no encontraban en esas cuatro paredes la armónica asimetría de la selva. Edwin fue hasta la página del Dresdner Bank donde la cuenta del viejo homosexual tenía el largo de un número telefónico. El joven informático también se había agenciado de las contraseñas y del misterioso aparatito que distribuye los TAN para las transferencias en línea. Tenía la ambición y apenas una moto de baja cilindrada. En menos de cinco minutos Edwin transfirió, como ejercicio de prueba, un par de miles de euros a una caja de ahorros de un banco de Cochabamba.

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Si algo sabía Hinosencio era cómo no perderse en los tortuosos caminos por donde su taxi envejecía. La historia tenía condimentos que molestaban a Cordelia pero el taxista sabía contarla. Circulaban por dentro de una nube, pudieron haber estado dando vueltas en círculos por el cielo. Hinosencio no detuvo ni la marcha ni su relato.

Los próximos días, la niebla cubriría la casona de Ralf, el pederasta. La niebla visitaba las casas, anulando todo paisaje. El alemán se conectó a la mala Internet del valle y tuvo que conceder que le habían cobrado un poco caro la prostitución para ancianos. El sodomita estrelló una botella de cerveza contra la pared de cabezas de ciervo. Un par de ojos de vidrio rodaron por el piso sumando vidrio. El alemán estafado subió a su 4 x 4 sin tomarse el trabajo de calzarse los pantalones que, en condiciones normales, le entraban con dificultad. Se sentía el amo y señor de Samaipata y alrededores. La casa en la que Edwin Yucra vivía con sus padres no tenía timbre. Ralf batió las palmas en largos calzoncillos blancos. Exigió que el joven bajara con gestos que ya se anticipan en los mandriles.

Hizo sentar al chico en el asiento del acompañante. Ambos sabían por qué viajaban en esa camioneta dejando huellas de barro con forma de grandes lagartos. El alemán increpó a Edwin haciendo desfilar su repertorio de duras erres.

—Vamos ya mismo comisarría —gritó.

El chico apeló a su instinto de supervivencia. Defendió su inocencia inexistente ofreciendo otro culpable: Charlie H., también habitúe de la finca de las fiestas. El viejo Ralf se permitió dudar. Pegó un volantazo. Vamos aclarrarr cosas. En pocos minutos Ralf y Edwin tomaron por asalto la pieza de Charlie H. quien se encontraba arañando una desafinada Chibson, la guitarra Gibson hecha en China. El viejo tomó a Charlie H. del cuello sintético de su camiseta de The Strongest. Empezaron los golpes. Intervinieron Edwin y dos más que vivían en la pocilga. El viejo cayó contra el único objeto anguloso y duro del cuarto: una maceta de cemento sin plantas ni tierra. Esa iba a ser su última caída. Los ojos de Ralf, el viejo fiestero del Rin, eran los de un pez ciego de las cuevas.

Ralf ya no respiraba.

El cadáver no podía quedar decorando el living donde los jóvenes dormían. Edwin y Charlie H. lo cargaron hasta la camioneta del viejo devenida coche fúnebre. Los rodeaba selva virgen para enterrar a un país entero. Edwin tomó el volante, cuando apenas sabía manejar su moto. Se dirigieron hacia Las Cuevas por el primer camino que les ofreció salida. La lluvia había cesado pero en Samaipata eso significa que pronto lloverá. Avanzaron hasta una cascada de aguas oscuras que bloqueaba el camino. Cargaron el cuerpo dentro de la selva arremolinada en todas las direcciones. El viejo teutón siempre había sido gordo, Edwin y Charlie H. ahora sabían que era pesado. El programa de Herr Ralf para los próximos tres días sería convertirse en humus. Con suerte, un buitre se apiadaría de su carne para regurgitarla como desayuno de sus crías. Si no bajaba el ave carroñera, los viejos gusanos que se retorcían en la jungla estaban mejor dispuestos para ese trabajo que para decorar escudos nacionales. Los jóvenes intentaron quemar el cadáver como si no supieran que, en Samaipata, se necesitan cuatro días para encender una fogata. Les preocupaba un tatuaje que ambos conocían íntimamente. Alguien sugirió retirar esa parte de piel y enterrarla en otro lugar. El trabajo era francamente incómodo sin el cuchillo que se habían olvidado. Huyeron confiando a ciegas en el trabajo profesional de los señores de la tierra.

Los pequeños señores anillados de la tierra que trabajan noche y día.

Los torrentes caían desde la altura. En el cielo no había lugar para nubéculas. Hinosencio siguió su historia, Cordelia se resignaba a escuchar con su aristocrática frente pegada al vidrio empañado.

El Sr. Ralf, difunto sodomita millonario, resultó ser también un pez gordo. Pronto aterrizaron en Samaipata el FBI y enviados especiales de Alemania con hambre de resolución. Edwin y Charlie H. fueron llevados de los pelos a la cárcel de Valle Grande, latitud donde no se salva ni el Che Guevara. El hilo rojo del destino tenía un último Wendepunkt para la amarga travesura. Desde la pálida madre Alemania llegó también un grupo de parientes y amigos del occiso Ralf. Gente muy particular que, con el mismo dinero que movilizó a los federales, creó las condiciones materiales para que el comisario de Valle Grande abriera las puertas de la cárcel. Edwin y Charlie H. salieron de las rejas como habían entrado: de los pelos. No hubo confraternidad de culturas distantes. Con arreglo a la versión más plausible («plausible» no fue el término que empleó Choke) soltaron a los condenados en la parte oscura el monte, allí donde pisan fuerte la avispa y el jaguar.

Y por varios días, los alemanes les dieron caza.

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Cordelia le pagó veinte merecidos bolivianos a Hinosencio Choke. Ni bien entró a su casa sobre la montaña, buscó un vaso de agua. El relato del taxista le había inoculado una inquietud insidiosa y desconocida. Estiró las cortinas para impregnar sus retinas con las interminables curvas de las verdes colinas. Solo alcanzó a ver una sofocante pared gris nube a la altura de su respingada nariz. Llevaba nubes en los ojos. Pensó en la corta escalera de muertos de distintas generaciones y la forma primitiva de venganza que habían elegido sus compatriotas, muy lejos de la inteligencia de avanzada y la precisión quirúrgica. Tampoco evitó pensar en lo que podían haber sentido esos chicos al correr por su vida en la selva laberíntica. El que sostiene una mínima esperanza sufre más que el que no tiene ninguna.